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17 de noviembre de 2012

La parte de los ángeles (2012), Ken Loach

Un grupo de jóvenes escoceses se encuentra ante el juez que ha de dictar su sentencia. Víctimas de una sociedad cada vez más desestructurada y cruel que les ha dado muy pocas oportunidades, ansían una segunda oportunidad que les permita una vida mejor. Han cometido delitos como alteración del orden público (subiéndose a una estatua o cayendo a la vía de un tren bajo los efectos del alcohol, por ejemplo), pequeños robos o agresión injustificada. Finalmente, el juez los condena a 300 horas de trabajos sociales, perdonando en algunos casos penas de cárcel. Y observando a estos parias, con problemas educativos, situaciones familiares graves y sin trabajo, que son los primeros que pagan ante la ley, uno siempre vuelve a plantearse la misma pregunta: ¿acaso están pagando algo esos que verdaderamente están hundiendo nuestro sistema económico, esos políticos, banqueros y peces gordos corruptos que merodean a sus anchas sin la presión siquiera de dimitir de sus cargos?


Ken Loach y su guionista Paul Laverty (con el que lleva trabajando casi veinte años) presentan de entrada el típico drama social que caracteriza su cine. Críticos y militantes, han dado a luz películas conmovedoras como Mi nombre es Joe o Sólo un beso. Puesto que han seguido un fiel y coherente recorrido temático en su cine, no es de extrañar que los protagonistas de La parte de los ángeles sean gente perdida, aislada, con poco que ganar y mucho que perder. Sin embargo, rápidamente empieza a palparse en la película cierto sentido del humor y un ambiente más sosegado de lo común. Loach otorga al fin a sus personajes una segunda oportunidad. Cuando uno ya se está encariñando con ellos y teme que llegue el giro en la trama que termine de hundirlos en la miseria, se produce el milagro.

Todo lo contrario que en la anterior película del cineasta en Escocia. De forma desgarradora y sin dar un ápice de protagonismo a los tópicos escoceses, Sweet Sexteen planteaba un drama sobre la difícil adolescencia de un joven condenado a ser víctima de la corrupción y la desigualdad. Sin embargo, La parte de los ángeles le da una vuelta de tuerca al asunto y a medida que va transformándose en comedia muestra con simpatía mucho whisky y faldas escocesas. Sin hacer mucho ruido, se convierte en una película afable y llevadera, en la que sus protagonistas arrastran al espectador consigo a la hora de emprender una aventura que cambiará sus vidas.

30 de junio de 2012

Las nieves del Kilimanjaro (2011), Robert Guédiguian


Aunque su título pueda confundir, Las nieves del Kilimanjaro no tiene nada que ver con la película dirigida en 1952 por Henry King, protagonizada por Gregory Peck y Ava Gardner. En este caso, el curtido realizador francés Robert Guédiguian no sigue la novela de Hemingway, sino que vuelve a su querida Marsella para hacer un retrato moral y político tomando como sutil referencia el relato de Víctor Hugo.

La película trata sobre la vida de Michel y Marie-Claire, un matrimonio que se construyó su vida desde abajo, luchando por sus derechos. Después de trabajar toda su vida y ser el líder del sindicato, Michel pierde su empleo tras la ola de despidos que azota a la empresa. A pesar de todo, sigue disfrutando de una posición acomodada y su vida parece tan feliz como siempre. Hasta que sufre una experiencia traumática, un hurto con violencia junto a su esposa y amigos. Algo que le lleva a él y a los suyos a plantearse preguntas morales e ideológicas, confrontándose de esta manera las opiniones de una generación y otra.  

Podríamos decir que Guédiguian es algo así como el Ken Loach francés por su compromiso y crítica social. Rasgos que nunca ha abandonado en toda su carrera, y que por supuesto recupera en Las nieves del Kilimanjaro, donde vemos de nuevo su compromiso político de izquierdas. Por otro lado, hay algo en su película que irradia cierto sentimiento de culpa. Una atmósfera de auto reflexión en la que parece que el director se retrate así mismo para intentar comprenderse y redimirse. Su generación luchó por conseguir lo que hoy tiene, convirtiéndose en la clase burguesa que un día criticó. Sin embargo, sus hijos no tienen la oportunidad de conseguir ese trabajo que les permita construir su futuro, y por momentos, la vida se torna para ellos (o mejor dicho, para todos nosotros) más difícil.
Se asienta así la base de una ficción muy real, de rabiosa actualidad, donde se establece un diálogo entre la moral de unos y otros. Pero aunque la película emana ese realismo, esa proximidad a la situación del momento, hay algo que la rompe en varias ocasiones. Los protagonistas (interpretados por los actores fetiche de Guédiguian, Ariane Ascaride y Jean-Pierre Darroussin) son demasiado perfectos, demasiado sensatos y tiernos, demasiado honrados. Tanto que en ocasiones su relación parece un cuento de hadas. De tal manera que durante la primera media hora de metraje, el azúcar nos sale por las orejas. No obstante, todo va volviendo a su cauce y el resultado final se acerca al mejor Guédiguian. Un cineasta cuya filmografía siempre es recomendable revisar.

16 de abril de 2012

Tyrannosaur (Redención, 2011), Paddy Considine

El primer largometraje de Paddy Considine muestra el lado más oscuro de los seres humanos, sus miserias, sus errores. Se trata de una película filmada con la sobriedad, la denuncia y la reflexión propias de Ken Loach. Sin ir más lejos, la película trata sobre un viudo alcohólico y agresivo, sin aspiraciones, que conoce a una mujer que sufre maltratos. Temas comunes en su filmografía.
Tyrannosaur es una película dura, directa y sincera. Tanto que no tiene ningún problema en presentar a su protagonista como una persona detestable en el inicio de la película. Porque ésta se abre (y ahora vamos a desvelar los primeros cinco minutos de metraje) con un personaje interpretado por un soberbio Peter Mullan que se encuentra totalmente ebrio en un bar, donde protagoniza una violenta pelea. Después de golpear a varios hombres, sale del bar y recoge a su perro, al que por nada, mata a patadas.
Después de esto a uno se le revuelven las tripas y siente desprecio, pero es entonces cuando se produce el milagro. A pesar de todo, poco a poco el espectador se coloca del lado de un Peter Mullan que recuerda inevitablemente a la inolvidable Mi nombre es Joe (Ken Loach, 1998). Uno comprende hasta qué punto es capaz la vida de maltratar a una persona como para hacerla tan miserable. Porque Tyrannosaur cuenta la historia de dos personajes tan a la deriva (una excelente Olivia colman acompaña a Mullan), que te hace tocar fondo. A partir de ahí consigue que uno se apiade de los errores de los protagonistas, que se ponga en su pellejo y sienta como se revuelven las entrañas. Aunque no son más que seres humanos, personajes creados huyendo de los tipismos, tomados de un mundo que está ahí fuera y no siempre vemos.