11 de mayo de 2012

Los vengadores (2012), Joss Whedon

Se abre el telón y aparecen multitud de superhéroes, seres capaces de salvar el planeta representando a la humanidad, tomando partido de la clásica lucha entre el bien y el mal. Una buena muestra de los personajes que varias generaciones soñaron ser, Los Vengadores: Thor, Capitán América, Iron Man, Hulk, Viuda Negra y Ojo de Halcón. Ante tanto batiburrillo y tantos otros deslices en este tipo de superproducciones, salta la alarma. Pero lo cierto es que Los Vengadores está muy bien narrada y tiene todo lo que ha que tener una buena película de acción.
Es evidente que la mítica editorial de cómics estadounidense Marvel sigue avanzando con pasos de gigante en el mundo del cine. Después de la saga X-Men ha coproducido otras películas sobre superhéroes, casualmente los que componen al equipo de Los Vengadores. Thor (Branagh, 2011), El Capitán América (Johnston, 2011), El increíble Hulk (Leterrier, 2008) o la saga Iron Man (Favreau, 2008 y 2010), son películas de gran presupuesto que han dado grandes resultados económicos. Superproducciones que han funcionado como antesala del producto final, la recreación del cómic definitivo que Stan Lee y Jack Kirby plasmaron en el papel allá por la década de los sesenta: Los Vengadores. Como resultado, una película que dobla en presupuesto a cualquiera de las anteriormente nombradas, y que sin duda multiplicará sus beneficios.
Los Vengadores es más de lo mismo pero mejorado, porque destaca por encima de tantas otras películas de superhéroes tan edulcoradas que acababan dando hiperglucemia. La película tiene ritmo, las dosis de acción están muy bien pautadas y los continuos pero no excesivos brotes de humor surgen cuando realmente se necesitan, como punto de fuga. Procedente principalmente del mundo de la televisión (Buffy Cazavampiros, Firefly, etc.) el realizador Joss Whedon no deja un sello característico en el film, no trata de hacer una declaración de intereses cinematográficos. Su producto es netamente comercial y puesto que así debe ser, consigue lo que muy pocos: que el espectador se amarre de verdad al asiento y no se sienta ante una película más en la que casi deba hacer un esfuerzo para entretenerse.
Sin llegar a los niveles del hasta el momento inalcanzable Batman Christopher Nolan, entre otras cosas porque es un tipo de película distinta, Joss Whedom consigue darle con creces al espectador lo que busca cuando visualiza una película de acción en una sala de cine: buenas dosis de entretenimiento y adrenalina. Seguro habrá secuelas.

4 de mayo de 2012

Martha Marcy May Marlene (2011), Sean Durkin

Qué es real y que es un sueño, qué forma parte de la cordura o de la locura. Cuál es nuestra verdadera identidad. La protagonista de Martha Marcy May Marlene se enfrenta a esta búsqueda, a la lucha que supone encontrarse a sí misma después de una experiencia traumática que la lleva a confundir la realidad.

Martha pasa a formar parte de una secta establecida en una granja, aislada de la sociedad que la rodea. Una comunidad dirigida por un líder manipulador que persuade a un puñado de jóvenes convenciéndoles de que allí pueden encontrar todo aquello que el sistema les arrebata. Pero no resulta tan fácil apropiarse de la personalidad de un ser humano. De hecho, la película se abre con la huida de Martha, que se refugia en la casa de su hermana y su cuñado.

Narrada mediante flashbacks finamente entrelazados, la trama avanza estableciendo un diálogo continuo entre los momentos que vive Martha en casa de su hermana y sus vivencias en la secta. Las imágenes nos engatusan y nos hipnotizan, nos hacen partícipes de ese estado de confusión que vive la protagonista. En ocasiones potencian una atmósfera perturbadora, de gran tensión psicológica. De tal manera que el film supera a otras aportaciones cinematográficas sobre el mundo de las sectas, como Holy smoke (Jane Campion, 1999). De la misma forma, el propio enigmático título de la película participa en crear este ambiente distorsionado, ya que se refiere a las múltiples personalidades de la protagonista. Martha es su nombre real, Marcy May el nombre con la que se le bautiza en la secta y Marlene el nombre que adoptan todas las mujeres de dicha comunidad cuando toman contacto con el exterior.

Martha Marcy May Marlene es una película sobria y austera, que no sobrecarga de información al espectador, al contrario, le ofrece menos de lo habitual. Durkin no está interesado en darnos una trama masticada, deja que las imágenes hablen por sí solas y utiliza un guión un tanto abierto, que deja que el espectador se implique y saque sus propias conclusiones.

27 de abril de 2012

Grupo 7 (2012), Alberto Rodríguez

En una semana más de estrenos insulsos en la cartelera de Tenerife, ausentes títulos de gran reconocimiento internacional como Take Shelter (Nichols), Esto no es una película (Panahi), Alps (Lanthimos) o Kiseki (Kore Eda), Grupo 7 se ha configurado como una de las opciones más atractivas de las salas de la isla. Y es que la quinta película de Alberto Rodríguez confirma el buen estado del cine policiaco español. Un género que ha alcanzado máximos de calidad en los últimos años con Celda 211 (Daniel Monzón, 2009) y No habrá paz para los malvados (Enrique Urbizu, 2011.

El Grupo 7 es una unidad policial antidroga creada para limpiar las calles de Sevilla en los cuatro años precedentes a la Expo 92. Cuatro agentes que persiguen a los traficantes y consumidores de droga del centro de una ciudad que se prepara para ser el centro de atención mundial. A través de su día a día, la película narra cómo este grupo policial participa en la transformación de la ciudad.
Si algo define a Grupo 7 es que es una que película que respira veracidad. Conseguir retratar la Sevilla de hace veinte años mostrando además gran número de exteriores no es tarea fácil. Detrás se encuentran un trabajo laborioso y la astucia de un buen equipo y su director. Los detalles de la puesta en escena, las escenas que van del costumbrismo a la crudeza absoluta, el lenguaje narrativo muy cercano, vívido y directo, que consigue que el espectador no pierda el interés en ningún momento, dan cuenta de ello. Como la forma cronológica en que se nos muestra la transformación urbanística de la ciudad utilizando un mismo tema de la banda sonora cada vez que aparece el año en el que nos encontramos, utilizando imágenes de archivo referentes a los trabajos de construcción. Todo enfatiza la impresión de documento, de hecho real. 
Más difícil si cabe en este juego de ficción y realidad es encuadrar las escenas de acción. Filmadas de forma vertiginosa, a su gran espectacularidad se contrapone un realismo pasmoso. No hay coreografía, las persecuciones y las escenas de violencia que no son un ejercicio de golpes espectaculares o movimientos imposibles, sino que tratan de acercarse a la simplicidad y vulnerabilidad del cuerpo humano. Y debe ser así, porque en el Grupo 7 no hay ningún héroe. No hay un agente perfecto, un guapo forzudo que se tome la ley por su mano porque él lo vale. Que reparta patadas de kung fu y maneje la pistola con una puntería milimetrada. Cada uno de los cuatro agentes protagonistas tiene trapos sucios, tanto en su vida personal como profesional. Todos tienen dos caras. Esto es porque según afirmaba el propio Alberto Rodríguez, al filmar la película no se fijaron en producciones espectaculares, sino en películas cercanas, como Ley 627 (B. Tavernier, 1992).
Y entre tanto tinglado, para que una película funcione es necesaria la aportación de buenos actores. En Grupo 7 todas las interpretaciones son destacables, sobre todo las de los dos protagonistas principales, Mario Casas y Antonio de la Torre. El primero notable, aunque todavía resulte difícil quitarle el cliché de actor de moda adolescente. El segundo, con una interpretación como siempre impecable, reafirmándose como uno de los dos o tres mejores actores de este país.
En definitiva, en este caso los que no creen en el cine español no podrán decir que esta película no es buena.

20 de abril de 2012

Declaración de guerra (2011), Valérie Donzelli

Si leemos la sinopsis de una película basada en hechos reales, que trata sobre las penurias de una pareja cuyo hijo de dieciocho meses tiene cáncer, lo primero que pensamos es que será un dramón. Un melodrama de lágrima fácil sobre la enfermedad infantil al estilo de El aceite de la vida (George Miller, 1992), quizás con el tono crítico de Camino (Javier Fesser, 2008) o la travesura de Planta cuarta (Antonio Mercero, 2003). Sin embargo, si algo define a Declaración de guerra es su originalidad y su ruptura con la forma convencional de entender los registros dramáticos del cine.
Ganadora del último Festival Internacional de Cine de Gijón, se trata de una película positiva, llena de optimismo, que evita por lo tanto los fastos dramáticos. Los pone sobre la mesa, pero inmediatamente los oxigena con toques de humor y otras constantes, como la banda sonora.
Declaración de guerra es la crónica de unos padres que vivieron una experiencia traumática a la que plantaron cara con fe y sin renunciar a la felicidad. La vivencia de una pareja interpretada por los protagonistas reales de la historia, Valérie Donzelli y Jérémie Elkaïm, que además asumen la dirección y el guión de la película. Por lo que no es extraño que percibamos esa complicidad en sus gestos y emociones. Más aún si tenemos en cuenta que no se trata de la primera película que protagonizan juntos.
Por otro lado, el hecho de enfocar de esa forma arriesgada una situación tan dramática (donde hay incluso alguna mueca al musical), puede que no sea del agrado de todos. Y lo cierto es que la propia dificultad que implica plasmar un drama tan potente utilizando recursos que aporten ligereza y frescura, evita que Donzelli consiga un film redondo. En ocasiones peca de sobrecargar de información al espectador, principalmente a través de las dos voces en off que utiliza. Éstas aportan una información un tanto gratuita y obvia desde el arranque que no termina de tener continuidad. Así como algunas escenas que pecan un tanto de ingenuidad o no quedan demasiado unidas al todo de la película (como la fiesta de los besos), quedando como pequeños retazos más cercanos a la estética del videoclip.
Aunque en arranque muestra detalles preciosistas y cierto tono narrativo tomado del cuento al estilo de Amélie (Jean-Pierre Jeunet, 2001), lo cierto es que la película toma referencia del cine de la Nouvelle Vague. A nivel visual y conceptual, tanto a nivel narrativo como en la puesta en escena. Incluso en algunos diálogos, en escenas que bien podrían estar interpretadas por Jean-Pierre Léaud en un film cualquiera de Godard o Truffaut. Momentos en los que los diálogos rozan el surrealismo con un humor fino que abstrae la escena de la situación dramática y ofrece un momento de respiro y de frescura a la trama. Y es que en nuestros tiempos, la sombra de aquel grupo de críticos y cineastas franceses que una vez cambiaron el concepto del cine sigue siendo alargada.

16 de abril de 2012

Tyrannosaur (Redención, 2011), Paddy Considine

El primer largometraje de Paddy Considine muestra el lado más oscuro de los seres humanos, sus miserias, sus errores. Se trata de una película filmada con la sobriedad, la denuncia y la reflexión propias de Ken Loach. Sin ir más lejos, la película trata sobre un viudo alcohólico y agresivo, sin aspiraciones, que conoce a una mujer que sufre maltratos. Temas comunes en su filmografía.
Tyrannosaur es una película dura, directa y sincera. Tanto que no tiene ningún problema en presentar a su protagonista como una persona detestable en el inicio de la película. Porque ésta se abre (y ahora vamos a desvelar los primeros cinco minutos de metraje) con un personaje interpretado por un soberbio Peter Mullan que se encuentra totalmente ebrio en un bar, donde protagoniza una violenta pelea. Después de golpear a varios hombres, sale del bar y recoge a su perro, al que por nada, mata a patadas.
Después de esto a uno se le revuelven las tripas y siente desprecio, pero es entonces cuando se produce el milagro. A pesar de todo, poco a poco el espectador se coloca del lado de un Peter Mullan que recuerda inevitablemente a la inolvidable Mi nombre es Joe (Ken Loach, 1998). Uno comprende hasta qué punto es capaz la vida de maltratar a una persona como para hacerla tan miserable. Porque Tyrannosaur cuenta la historia de dos personajes tan a la deriva (una excelente Olivia colman acompaña a Mullan), que te hace tocar fondo. A partir de ahí consigue que uno se apiade de los errores de los protagonistas, que se ponga en su pellejo y sienta como se revuelven las entrañas. Aunque no son más que seres humanos, personajes creados huyendo de los tipismos, tomados de un mundo que está ahí fuera y no siempre vemos.

13 de abril de 2012

[Rec]3: Génesis (2011), Paco Plaza

La celebración de una boda en un recinto enorme al que asisten centenares de invitados, representa un lugar inmejorable para los excesos. Los de todos los mortales y por qué no, de un grupo de infestados poseídos por el demonio, que corretean a sus anchas con hambre de carne humana. Un lugar en el que aflora una triste historia de amor. La de unos novios que se topan con una carnicería en el día que esperaban que fuera el mejor de sus vidas.

Esta es, sin ir más lejos, la premisa principal de la continuación de la saga [Rec], dirigida esta vez únicamente por Paco Plaza. Un cineasta curtido en el género de terror que ya codirigió con Jaume Balagueró las dos primeras entregas de la serie, y que ahora ha tratado de hacer una película que rompiera un tanto con sus antecesoras. La última entrega será [Rec]4: Apocalipsis, cuyas riendas tomará esta vez en solitario Balagueró.

Por primera vez en la saga, [Rec]3: Génesis abandona la cámara subjetiva como principal campo de visión del espectador. Sin embargo, este recurso sí aparece en inicio, tanto a través de las cámaras que graban el video de boda profesional, como las de los vídeos caseros. De hecho, la película se abre ni más ni menos que con el menú del DVD de la celebración. No obstante, tras una primera y sustanciosa muestra de la infección y un ya reconocible homenaje al inicio de la saga (“esto hay que grabarlo todo”), Plaza abandona la cámara subjetiva y pasa a la multiplicidad de planos, contando la historia desde fuera de la misma, como lo suele hacer el cine. Lo cuál contrarresta a ese efecto característico de “tele realidad”, de la imagen directo de las dos anteriores películas. El espectador no se mete en la piel de los personajes con la misma efectividad, pero sin embargo, al realizador valenciano le sirve para poder contar con mayor comodidad una historia que baraja distintos géneros. [Rec]3: Génesis contiene constantes dosis de humor negro que consiguen arrancar la carcajada (momentos en los que se satiriza sobre el canon, Sant Jordi y la tradición católica o “John Esponja”) pero sobretodo contiene las dosis necesarias para ser una historia de amor. Porque la trama gira completamente entorno a los novios, interpretados por Diego Martín y Leticia Dolera (esta última en una interpretación excelente). La película es la reacción de ambos a la infección y su demostración de amor de principio a fin.

[Rec]3: Génesis propone algo destacable, y es que no intenta engañar al espectador. Es lo que es, un ejercicio de entretenimiento para los amantes del terror con tintes cómicos y sangre a raudales. Para aquellos que hayan disfrutado con la etapa más divertida de G. A. Romero, del primer Peter Jackson o del tipo de película de zombis en la línea de Bienvenidos a Zombieland (Ruben Fleischer, 2009).

Nada que ver con la primera entrega, [Rec] (2007), película que ya representa un hito del cine de terror español y que es sin duda la mejor de las tres. Ritmo frenético, sustos potentes y un sarcasmo magistral con el que Balagueró y Plaza desgranaban a la comunidad de vecinos de una finca cualquiera del barrio del Eixample de Barcelona. Resquicios de los que aún queda algo en [Rec]3: Génesis, aunque ésta, es una película muy distinta.

30 de marzo de 2012

Extraterrestre (2011), Nacho Vigalondo

Que un domingo a última hora de la tarde, asistan seis personas a una sala a ver Extraterrestre, cuando en la entrada de los multicines había una larga cola, dice mucho sobre sus expectativas comerciales. Mientras, una semana más, Intocable abarrotaba la sala de al lado y otra película española, la insulsa La montaña rusa, conseguía un aforo un tanto más generoso.
Después de debutar en el largometraje con Los cronocrímenes (2008), el cineasta Nacho Vigalondo sigue renunciando al éxito comercial. Continúa anteponiendo su forma de entender el cine a las fórmulas facilonas que aseguran el triunfo en taquilla. Lo que hace con Extraterrestre es intentar proponer algo nuevo y aunque el resultado no sea nada del otro mundo, la película entretiene.
Julio y Julia (Julián Villagrán y Michelle Jenner) se despiertan juntos una mañana cualquiera como dos desconocidos tras una noche de fiesta. Descubren anonadados un Madrid desierto en el que se ha producido una invasión extraterrestre. Como si eso fuera poco, la cosa se empieza a complicar cuando aparecen en escena dos personajes especialmente peculiares, un vecino trastornado (Carlos Areces) y el novio de Julia (Raúl Cimas), que desconoce los cuernos de ella.
Este grupo de personajes (sobre todo la pareja protagonista), pasa la mayor parte de la película en el interior de un piso. Como si de una especie de efecto de El Ángel exterminador se abalanzara sobre ellos y no fueran capaces de tomar la iniciativa de afrontar el problema, la incertidumbre de saber qué está pasando. La película de ficción pasa enseguida a un segundo plano y aflora la comedia romántica y surrealista. Según el propio Vigalondo (ese cineasta tan independiente como mediático), su intención es una película de ficción donde encaja una comedia romántica. Pero en el resultado final más bien se invierten los términos. Al fin y al cabo los personajes acaban actuando en función de sus sentimientos y no en función de lo que está ocurriendo ahí fuera. Una invasión extraterrestre de la que desconocen prácticamente todo.
Aunque la película muestra algunas carencias como la repetición de ciertas situaciones de la trama o una grabación de sonido un tanto deficiente, tiene el valor de contar un tipo de historia que suele conllevar virtuosismos y efectos especiales, con una economía de medios envidiable. El cineasta cántabro arrastra al espectador a su terreno consiguiendo que no aguante toda la película simplemente para ver a algún alienígena.
Sea como sea, Extraterrestre es una película idónea para perder los perjuicios hacia el cine patrio. Finalmente, como espectadores potenciales, acabamos contribuyendo al éxito comercial de películas mainstream americanas que en muchas ocasiones no consiguen ni mucho menos, hacernos saltar de la butaca. Tal vez deberíamos apoyar más a nuestro cine e ir a ver este tipo de películas. Sobre todo, los amantes del absurdo.

23 de marzo de 2012

Los idus de marzo (2011), George Clooney

Los idus de marzo es una película que se afana en mostrar los entresijos que esconde la vida política norteamericana. En plenas primarias demócratas, dos gobernadores se encuentran enfrentados por la carrera a la presidencia. Una lucha que puede parecer comedida, pero que en realidad es una verdadera batalla incluso en el interior de un mismo bando. En el juego de la política vale todo, sea ético o no, sea o no legítimo.

Aunque se le conoce principalmente por su faceta de actor, no es la primera vez que George Cooney muestra sus dotes en la dirección y la escritura fílmica. Un buen ejemplo es la notable y también política Buenas noches y buena suerte, con la que ya optó al Oscar a la mejor dirección, guión y película.

Asumiendo el papel secundario del gobernador demócrata (que por las imágenes de campaña, emula a su idolatrado Obama), Clooney escoge como protagonista de Los idus de marzo a uno de los actores más laureados del año, Ryan Gosling. Después de Drive (Winding Refn) y Crazy, stupid love (Ficarra y Requa), Gosling interpreta con buena nota a un joven e inteligente asesor de campaña. El joven avispado y solvente capaz de plantar cara al poderoso en la película; el nuevo galán y chico duro, que tanto interpreta dramas como comedias en la vida real. Un nuevo rostro de juventud que renueve los papeles que hace unos años solían interpretar Jonnhy Deep, Brad Pitt o el propio Clooney. La más viva muestra del cambio generacional en el elenco actoral hollywoodiense.

El apogeo en los últimos años de las series de televisión de calidad ha conseguido que cuando hablemos de ciertos tipos de cine, podamos tomar tantas referencias de ellas como de otras películas. Y en el caso de Los idus de marzo, en el que nos encontramos ante una ardua trama política, es imposible no acordarse de El ala oeste de la Casa blanca o la fabulosa tercera temporada de The wire. De hecho, es un poco de todo esto de lo que habla Cooney. De la política como espectáculo, de la política como artefacto televisivo y mediático. Algo que consigue plasmar con sobriedad y estilo a través de una serie de planos de carácter muy televisivo y la presencia continuada de los medios de comunicación en la puesta en escena y en el entramado de la película.

A pesar de conseguir una atmósfera despótica y de incertidumbre política, Los idus de marzo encuentra ciertos problemas en los acontecimientos que desencadenan la trama, que se llevan en ocasiones demasiado al límite. Tanto que llegan a acercarse peligrosamente a la frontera de lo creíble. Sin embargo, otros recursos consiguen que el espectador a penas se plantee tales desmanes, y ahí es donde entra la buena mano en la dirección de George Clooney.

16 de marzo de 2012

Intocable (2011), Eric Toledano y Olivier Nakache

Que una película consiga en su país de origen 19 millones de espectadores y una gran repercusión mundial puede tener sin embargo un significado muy ambiguo. De un lado, ya quisieran todos (sin ir más lejos, en España) alcanzar cuotas de pantalla la mitad de elevadas que las alcanzadas por Intocable. Por otro, las cifras de taquilla no necesariamente están relacionadas con la calidad del cine. Una película entretenida para algunos, no necesariamente tiene que ser una buena película.
Se ha comparado Intocable con Paseando a Miss Daisy, El discurso del rey, Armas de mujer e incluso con Pretty woman. Y no sólo desde la crítica, sino desde el propio tráiler promocional de la película. Lo cual deja claro de antemano el tipo de film que vamos a ver. Su propia trama, basada en hechos reales, nos lo anticipa.
Un millonario francés parapléjico contrata como su asistente principal a la persona en principio más inesperada: un joven de origen senegalés, procedente de un ambiente de criminalidad, de lenguaje burdo, aunque de carácter más travieso que provocador. Después de un primer contacto, surge una fuerte amistad que los conducirá a vivir una serie de experiencias de suma importancia para ambos. Una relación amistosa que debe todo su éxito a la química entre los intérpretes. El consolidado actor francés François Cluzet en el papel del ricachón, y el poco conocido Omar Sy en el papel del inmigrante. El único capaz de arrebatarle (y lo hizo) la estatuilla al mejor actor a Jean Dujardin en los premios de la Academia francesa.
La película reúne todos los elementos para atraer a las masas, puesto que sabe utilizar las herramientas necesarias. Dos personajes antagónicos que acaban siendo inseparables; la presentación de un drama suave, dosificado con pequeñas pero constantes dosis de humor; un toque de travesura en la trama y actos de rebeldía políticamente correctos, que no llegan a pasarse de la raya; una repetición constante de situaciones que provoquen la lágrima fácil; la imagen real de los protagonistas en la historia verdadera, que se nos muestra en los títulos de crédito, para que se nos ponga todavía más la piel de gallina. Todo juega a favor de un producto prefabricado y puramente comercial. Pero siendo un poco exigentes, todo eso no son más que falacias. No son más que un conjunto de recursos que tienen como consecuencia la falta de profundidad, la superficialidad y la impersonalidad de la cinta. Una historia contada como un cuento edulcorado de tópicos y de la maravillosa música, eso sí, del maestro Ludovico Einaudi. Una película que maravillará a muchos y dejará totalmente indiferente a las miradas más exigentes.

9 de marzo de 2012

La invención de Hugo (2011), Martin Scorsese

El versátil e ilimitado Martin Scorsese rinde en su última película un homenaje a los inicios del cine y en especial al cineasta Georges Méliès. Como el ilusionista francés, Scorsese siempre ha mostrado el gusto por el artificio a lo largo de su cinematografía. Y en La invención de Hugo lo pone al servicio del espectáculo visual en clave de cuento, basándose en la obra literaria juvenil de Brian Selznick.

El pequeño Hugo lleva una vida solitaria encargándose clandestinamente del mantenimiento de los relojes de la estación de Montparnasse de París. Marcado por la pérdida de su padre, se encuentra obsesionado con arreglar un muñeco autómata que éste le regaló. El inquieto Hugo pronto conoce a su compañera de aventura, Isabelle, con la que descubrirá que ante sus ojos se encuentra una leyenda viva del cine. Un Georges Méliès convertido tras la guerra en anónimo juguetero, olvidado por el público hace años.

La entrada de La invención de Hugo es espectacular. El realizador de joyas como Taxi driver (1976) o Uno de los nuestros (1990), hace desde el principio una síntesis de los recursos de los que es capaz el cine de la era digital. Movimientos de cámara vertiginosos, planos de gran complejidad o colores vivos fruto de un trabajo milimétrico de etalonaje. Éste último, basado en las tonalidades de color utilizadas en los inicios del cine en los que se coloreaba a mano el celuloide. Toda la película es una reivindicación del mundo de ilusiones que ha reproducido siempre el cine. Un diálogo entre el cine primitivo y el cine de hoy. Su fusión con el ilusionismo y los artificios de Méliès. Y qué mejor por lo tanto, que ubicar la historia donde se produjo el nacimiento del cinematógrafo.

Los protagonistas de La invención de Hugo transitan por una estación de tren cuidada hasta el más minúsculo detalle, con una esplendorosa ciudad de París como telón de fondo, que dota de una atmósfera de ensueño cada una de las escenas que trabajosamente componen el film. A ello se suma la nostalgia de Ben Kingsley en la piel de Méliès y Sacha Baron Cohen (con pinceladas de Lloyd y Keaton y apariencia de soldadito de plomo), incansable e ingenuo archienemigo de Hugo, en la piel del guardia de la estación de tren. Ambos aportan en sus apariciones mayor fortuna a las escenas que los jóvenes aventureros. Por otra parte, la estación de tren como espacio por excelencia, regala momentos destacables. Breves citas que evocan al maestro JacquesTati o la espectacular escena que reproduce de forma onírica el choque del tren que perforó en realidad la estación de Montparnasse en 1895.

El maestro saca las herramientas y pone a funcionar los engranajes de una maquinaria casi infalible. Sin duda vale la pena apreciar tal derroche visual en el máximo esplendor de la gran pantalla de un cine en 3D, a pesar de ser un producto demasiado edulcorado. La película termina siendo al fin en su conjunto, la propia imagen del autómata de Hugo. Una máquina perfecta, bella y acompasada, tan cercana a la perfección humana y sin embargo tan lejana. Una maquinaria que por muy fastuosa, carece de alma.

2 de marzo de 2012

Polisse (2011), Maïwenn Le Besco

Polisse, tercera película de la realizadora Maïwenn Le Besco, era una de las películas francesas más prometedoras de 2011. Ya se había llevado el Premio del Jurado en Cannes, pero sin embargo, sólo consiguió llevarse dos premios (actriz revelación y montaje) de los 13 a los que optaba en la gala de los Premios César de la Academia francesa. Gala en la que como era de esperar, triunfó The Artist y la actriz española Carmen Maura se alzó con el premio a mejor actriz de reparto por Les femmes du 6e étage (Philippe Le Guay ,2011).

Basada en acontecimientos reales del cuerpo de policía parisino, Polisse trata de retratar el día a día de su Unidad de Protección de Menores. Aunque el verdadero protagonista del film es todo el grupo de policías, se distingue a dos personajes con mayores dotes protagonistas. Se trata del agente más carismático del grupo y una fotógrafa se encuentra haciendo un reportaje sobre los quehaceres de la unidad policial. La propia directora del film interpreta de forma metafórica a la fotógrafa, aunque de manera desafortunada. A raíz de la relación entre ambos y la entrada de un tercero en discordia, se crea un triángulo amoroso que termina siendo poco creíble y que genera algunos tópicos demasiado ingenuos.

Aunque el arranque de Polisse promete, lo cierto es que se queda solamente en un ejercicio de buenas intenciones. Porque mediante su estilo de filmación cercano al documental, cámara al hombro y con un guión que toma elementos de la realidad, uno se ilusiona pensando en que tal vez está ante una delicia como La clase (Laurent Cantet, 2008), o por temática más cercana si cabe, ante otra Un profeta (Jacques Audiard, 2009), dos de las mejores películas que ha dado el cine francés en la última década. Sin embargo, el resultado es más televisivo, en la línea de las series Canción triste de Hill Street o The Wire. De hecho, bien podría ser una nueva entrega de ésta última, siguiendo el hilo de su cuarta temporada, dedicada a los problemas de los menores. La forma en que Polisse trata los casos y cómo bucea en la vida personal de los personajes para mostrar de qué forma les afecta el trabajo en su vida privada, evoca a esta excelente serie de la HBO. La relación personal entre los agentes, sus reuniones en los bares como única vía de escape o su vida personal inestable y marcada por las separaciones amorosas, son otros ejemplos. Sin embargo, el listón de The Wire es demasiado alto.

El modo de filmarse, la tensión de los personajes, los movimientos orquestados que simulan el naturalismo de la cotidianeidad, son elementos que consiguen de todos modos que la película de Maïwenn encuentre momentos notables. Principalmente porque plantea preguntas para que el espectador las cuestione, destapando la realidad de un sector de población menor de edad que sufre violaciones, abusos, maltratos, etc. Sin embargo, peca de llevar demasiado al límite a sus personajes sin dar un respiro al espectador. Al igual que se mete en terreno pantanoso al optar por un único punto de vista, el policial. No se posiciona de forma directa en las vidas de las verdaderas víctimas, que no son otras que los niños. Aunque se nos muestre el horror que viven, éstos acaban siendo mero artefacto en la trama, el apoyo para los agentes protagonistas del film, posicionados como las verdaderas víctimas. Quienes de principio a fin, acaban siendo pasto de los desbarajustes emocionales que les produce su propia profesión. Como último apunte, mencionar el guiño favorable a la política anti-gitana de Sarkozy en una de las secuencias, defectos aparte, de las más conseguidas del film. Tal vez la mona está más vestida de seda de lo que parece.