22 de junio de 2012

Les Lyonnais (2011), Olivier Marchal


El hecho de que en los últimos meses hayan llegado a nuestras pantallas gran número de películas francesas destacables, sigue demostrando el buen estado del cine francés en contraposición a otros cines, como el español. Si el cine del país vecino goza de una ley mucho más favorable que la de cualquier otro estado y de una cuota de pantalla obligatoria que mantiene un gran número de sus producciones en cartelera, no es casualidad. Por ende, su distribución funciona muy bien, y eso se hace notar en nuestra cartelera. The artist, El Havre, Intocables, Un dios salvaje, Un gato en París,  Polisse, El ilusionista, Declaración de guerra, Las malas hierbas,  ¿Y si vivimos todos juntos?, Adiós a la reina, El arte de amar… algunas de ellas han compartido cartel con Les Lyonnais, un film que habiéndose estrenado hace aproximadamente un mes y medio, aguantó bastante tiempo en la cartelera tinerfeña teniendo en cuenta lo que suele ser común en este tipo de películas europeas. Su principal gancho, la temática. Cine de gánsteres.

Olivier Marchal, es un realizador atípico, cuya personalidad radica en el hecho de que perteneció a la policía judicial antes de dedicarse al cine. No es de extrañar entonces que sus películas hablen sobre la policía y las mafias. Hasta el punto en que ha llegando a realizar una serie televisiva de gran éxito en Francia. En el caso de su última película Les Lyonnais, basada en la novela autobiográfica del criminal Edmond Vidal, el punto de vista se sitúa en la piel del gángster. Un gángster de etnia gitana que se hizo famoso en la Francia de los setenta por realizar robos escandalosos con su banda apodada “Les Lyonnais”. 

Haciendo buen uso de los mecanismos del género, Marchal construye una película narrada a través de flashbacks que nos cuentan como se formó la leyenda del gángster. Siempre dedicando especial atención a la acción del presente, en la que un Vidal cincuentón (interpretado por un enorme Gérard Lanvin) debe enfrentarse a los fantasmas de su pasado.
Si algo puede reprochársele a Les Lyonnais es que prima (sobre todo en los momentos cruciales) el efectismo del cine ante la reafirmación de la veracidad. Ensalza ciertos momentos y ciertas acciones haciéndolas propias de la espectacularidad, en definitiva, de la ficción cercana al mito. Si por el contrario, las hubiera acercado a la frialdad del documento, hubiera conseguido un efecto mucho más desgarrador y realista.

Profesor Lazhar (2011), Phillip Falardeau


Bashir Lazhar es un refugiado argelino que busca asilo político en el Canadá francófono. Mientras intenta normalizar su situación, encuentra trabajo en un colegio en el que nadie quiere sustituir a una maestra que se suicidó ahorcándose en un aula. No sin antes pasar por ciertas dificultades, Lazhar consigue hacerse al grupo de alumnos y ayudarles a olvidar el duro golpe vivido con la pérdida de su anterior maestra.
Profesor Lazhar es una película sobre educación de las que no pasa desapercibida. Abandonando el discurso facilón de las múltiples producciones hollywoodienses sobre el tema, el film de Falardeau tiene mucho del compromiso de Hoy empieza todo (Bertrand Tavernier) y del retrato realista, más cercano al documental, de La clase (Laurent Cantet). Aunque en el caso de Profesor Lazhar se trata de una ficción mucho más marcada, donde aparecen además otros muchos temas, como la inmigración, la duda ante lo foráneo, la falta de comunicación entre padres e hijos o la dificultad para aceptar la muerte. Todo con un estilo poco efectista que rehúye de caer en los tipismos del melodrama y la lágrima fácil. Lo cual transmite cercanía a un espectador que se siente en la piel de los personajes.
Profesor Lazhar es una de esas películas (como las otras dos anteriormente citadas) absolutamente recomendables, sobre todo para el grupo de patanes que nos gobierna. Quizá esa sea una buena manera de empezar a reflexionar sobre los problemas tangibles en materia de educación. Que les ayude a abrir los ojos a  esas personas que recortan en materia laboral sin haber trabajado en su vida o en materia de educación y sanidad sin haber pisado, ni pensar pisar, una escuela pública o un hospital que no sea de pago. Así nos va.

15 de junio de 2012

¿Y si vivimos todos juntos? (2011), Stéphane Robelin


La segunda película del francés Stéphane Robelin trata sobre la vejez en clave de comedia. Ante los primeros indicios de pérdida de memoria, de enfermedades crónicas y debilidad física, cinco amigos se niegan a vivir en una residencia o recibir asistencia. Deciden irse a vivir juntos después de una amistad de más de 40 años, para así apoyarse los unos a los otros, disfrutando de los últimos placeres de la vida.
Unas veces floja en sus planteamientos, otras también, la película esboza un sinfín de temas en los que no termina de profundizar. Un ejemplo claro es su inicio, en apariencia  reivindicativo. Vemos a estos amigos raleurs (siguiendo el tópico francés), que participaron en el mayo del 68, reivindicando de nuevo sus derechos en una manifestación actual. Una secuencia creada para presentar a los personajes y decirnos indirectamente de dónde vienen y cómo fueron en su juventud. Sin embargo, no hay conexiones con el momento actual, no hay una reflexión clara en lo referente a cómo esa vivencia cambió sus vidas o en qué medida pueden haber conexiones hay entre ese periodo reivindicativo y el que se vive actualmente.
¿Y si vivimos todos juntos? refleja positivamente (lo cual es, por otra parte, de agradecer) un momento en la vida de las personas que en muchos casos puede ser de gran dureza. El problema es que ante la complejidad de sentimientos que provoca la decrepitud inminente del cuerpo y la mente o el enfrentamiento a la enfermedad terminal, el punto de vista de la película se torna demasiado preciosista y tierno, manifestando así la superficialidad de su guión.
Es por eso que lo mejor de ¿Y si vivimos todos juntos? es sin duda su elenco actoral. Compuesto por cinco experimentados actores que interpretan a los cinco protagonistas, así como por un siempre solvente Daniel Brühl en el papel de un joven al que contrata uno de los ancianos. Alguien que pronto se integra en el grupo para compartir su amistad y los momentos más difíciles. Por su parte, las incombustibles Géraldine Chaplin y Jane Fonda continúan tan enormes como siempre. Y en el caso de ésta última, haciendo gala, como Brühl, de un dominio excelente del francés.

8 de junio de 2012

Un lugar donde quedarse (2011), Paolo Sorrentino

Sean Penn interpreta a una antigua estrella del rock que ha dejado de tener aspiraciones en la vida. Decaído, parado, inmaduro… un hombre incapaz de nada hasta el momento en que se produce la muerte de su padre, con el que no tenía ninguna relación. Casi como una revelación, decide retomar el deseo de éste, de encontrar para vengarse, al oficial alemán que un día lo humilló en Austchwitz.  

El propio cartel de Un lugar donde quedarse (This must be the place), cuya desafortunada transcripción española emula a una película de Sam Mendes, dice mucho de lo que vamos a ver. Un primer plano de un Sean Penn decadente, cuyos rasgos góticos recuerdan inequívocamente al líder de The Cure, nos transmite de inmediato que va a recaer todo el peso de la película sobre él. Una película en la que, hasta el momento en que se convierte en road movie, todo va bien.

La presentación de los personajes es modélica, la filmación y el montaje, inteligentes. Poco a poco uno se va acostumbrando a la interpretación confusa, pero notable pese a lo que se diga, de Sean Penn. Aunque de entrada parece una muestra más del narcisismo que ha demostrado el actor norteamericano en los últimos años, inventa sin embargo a un personaje que raya lo grotesco porque el papel se lo pide. Su personaje es en realidad el reflejo o evolución de los protagonistas de la primera película de Paolo Sorrentino, L’uomo in piu, así como de su creación literaria. Personajes que son la viva imagen de la tragicomedia. Seres excéntricos arrastrados hacia situaciones casi surrealistas, cuya existencia es la representación de la decadencia humana. Por eso no sabemos si llorar o reír ante la excentricidad de un personaje tan bizarro como el suyo. 

A partir de esa puesta en situación, la trama toma un giro demasiado forzado para reconducir los pasos del protagonista hacia una especie de viaje hacia sí mismo y los fantasmas de su pasado. Este giro no es otro que optar por una situación tan dramática como fue el Holocausto para hacer reaccionar al personaje. Todo es entonces demasiado rebuscado, demasiado barroco.
Puestos a posicionarse ante la justificada ambigüedad de opiniones que ha despertado Un lugar para quedarse, diremos en su defensa que adopta un lenguaje audiovisual que acompaña a la perfección su carácter excéntrico y desconcertante. Porque Sorrentino sigue siendo un realizador altamente recomendable. Eso sí, en esta ocasión se le va la mano.

1 de junio de 2012

Sombras tenebrosas (2012), Tim Burton

Tim Burton es uno de los creadores más imaginativos de Hollywood. Y a su excepcional ingenio se ha sumado hasta en ocho ocasiones el talento de un actor al cual le gustan los retos. Johnny Deep y Tim Burton han dando a luz, como uno de los tándems más productivos del cine contemporáneo, películas tan destacables como Eduardo Manostijeras (1990), Ed Wood (1994) o Sleepy Hollow (1999). El problema es que aunque el talento sea tangible en el cine de ambos, no siempre el resultado es el esperado. Sombras tenebrosas levanta la expectación que siempre conlleva un nuevo estreno firmado por el realizador californiano, pero a ratos, aburre.
En su nueva aventura, Burton continúa fiel a su estilo único y característico, rindiendo siempre un personal homenaje al cine clásico de terror. Ésta vez nos presenta la historia de Barnabas Collins, un adinerado del s.XVIII condenado a la vida eterna por una bruja. Una mujer perversa capaz de convertirlo en vampiro y enterrarlo vivo por desamor. Después de dos siglos bajo tierra, Barnabas consigue escapar y se encuentra con un mundo totalmente distinto, el de los años 70 del siglo XX. En este mundo moderno que le es extraño, se une a su descendencia familiar para ayudarles a mantener un negocio que peligra por el constante acoso de la malvada bruja.
Burton plantea su película como una versión de la serie televisiva de los años 70 Dark Shadows (cuyo remake llegó a España en los noventa con el nombre de Vampiros) a la que referencia continuamente. Con una fotografía tan original y contrastada como siempre, con una puesta en escena de fantasía, traza una comedia de horror que amalgama prácticamente todos los géneros. Algo que ya no nos extraña, puesto que forma parte de su estilo inconfundible, que bien merece el calificativo de género en sí mismo.
Narrada en clave de cuento fantástico, como casi siempre en su cine, lo cierto es que no todos chistes de Sombras tenebrosas terminan de convencer y el metraje en ocasiones decae un poco porque no sorprende. Mejor suerte ha corrido en este caso el otro estreno reciente de Johnny Deep, Diarios del ron, una película con más ritmo y mayor interés. Aunque siempre sea interesante perderse por un instante, en el universo lúgubre del alocadamente tenebroso de Burton.

18 de mayo de 2012

La maldición de Rookford (2011), Nick Murphy


Mucho ha llovido desde que millones de espectadores “en ocasiones vieran muertos” al asistir al estreno de El sexto sentido. Muchos de ellos tuvieron que taparse los oídos para no escuchar en los medios de comunicación o en las calles, aquella frase catastrófica que anunciaba la clave de la película: “al final es él el que estaba muerto”.
En los últimos años ha aflorado un tipo de terror psicológico basado en lo paranormal que ha tomado de alguna forma el relevo de la película que lanzó al estrellato a M. Night Shyamalan. La maldición de Rookford es una de las últimas en llegar a nuestras pantallas. El problema es que después de tantos títulos, los giros de guión de estas películas acaban siendo previsibles y cualquier flaqueza puede convertirse en una debacle.
No es el caso sin embargo, de La maldición de Rookford, que a pesar de tener grandes lagunas es una película que entretiene y que aún así se mantiene por encima del nivel de muchas de sus homólogas. Muy en la línea de El orfanato (Bayona, 2007), El espinazo del diablo (G. del Toro, 2001) y sobre todo de Los otros (Amenábar, 2001), La maldición de Rookford narra la historia de una mujer que se dedica a desenmascarar a parapsicólogos timadores que venden su falsa comunicación con fantasmas. Esos omnipresentes fantasmas de la Primera Guerra Mundial, surgidos a causa de millones de muertos, de mutilados y de mentes destrozadas psicológicamente. Por ello la protagonista acude a la llamada de un orfanato para intentar demostrar que los acontecimientos paranormales que amenazan a los ocupantes del lugar, son en realidad un montaje.
La película plantea esta trama en el inicio de una forma atractiva e incluso ágil. Se mueve en un entorno delicado, característico y definitorio de una época convulsa. Pero a medida que avanza, el guión muestra sus flaquezas y esa huella de la Primera Guerra Mundial que podría haber sido lo más maduro y más jugoso del metraje, acaba por no saberse explotar. Queda prácticamente reducida a la aparición de un personaje secundario que inquieta pero no convence y que funciona como un mero añadido que no aporta nada, en tal caso, algún exceso. Y esto es porque la ópera prima de Nick Murphy acaba pecando de algún giro demasiado ambicioso.
No obstante, los amantes del género, no se alarmen. La maldición de Rookford no aporta nada nuevo, pero entretiene. Aunque sólo consiga transmitir a medias la esencia de una época en la historia de la humanidad, en verdad fantasmagórica.

11 de mayo de 2012

Los vengadores (2012), Joss Whedon

Se abre el telón y aparecen multitud de superhéroes, seres capaces de salvar el planeta representando a la humanidad, tomando partido de la clásica lucha entre el bien y el mal. Una buena muestra de los personajes que varias generaciones soñaron ser, Los Vengadores: Thor, Capitán América, Iron Man, Hulk, Viuda Negra y Ojo de Halcón. Ante tanto batiburrillo y tantos otros deslices en este tipo de superproducciones, salta la alarma. Pero lo cierto es que Los Vengadores está muy bien narrada y tiene todo lo que ha que tener una buena película de acción.
Es evidente que la mítica editorial de cómics estadounidense Marvel sigue avanzando con pasos de gigante en el mundo del cine. Después de la saga X-Men ha coproducido otras películas sobre superhéroes, casualmente los que componen al equipo de Los Vengadores. Thor (Branagh, 2011), El Capitán América (Johnston, 2011), El increíble Hulk (Leterrier, 2008) o la saga Iron Man (Favreau, 2008 y 2010), son películas de gran presupuesto que han dado grandes resultados económicos. Superproducciones que han funcionado como antesala del producto final, la recreación del cómic definitivo que Stan Lee y Jack Kirby plasmaron en el papel allá por la década de los sesenta: Los Vengadores. Como resultado, una película que dobla en presupuesto a cualquiera de las anteriormente nombradas, y que sin duda multiplicará sus beneficios.
Los Vengadores es más de lo mismo pero mejorado, porque destaca por encima de tantas otras películas de superhéroes tan edulcoradas que acababan dando hiperglucemia. La película tiene ritmo, las dosis de acción están muy bien pautadas y los continuos pero no excesivos brotes de humor surgen cuando realmente se necesitan, como punto de fuga. Procedente principalmente del mundo de la televisión (Buffy Cazavampiros, Firefly, etc.) el realizador Joss Whedon no deja un sello característico en el film, no trata de hacer una declaración de intereses cinematográficos. Su producto es netamente comercial y puesto que así debe ser, consigue lo que muy pocos: que el espectador se amarre de verdad al asiento y no se sienta ante una película más en la que casi deba hacer un esfuerzo para entretenerse.
Sin llegar a los niveles del hasta el momento inalcanzable Batman Christopher Nolan, entre otras cosas porque es un tipo de película distinta, Joss Whedom consigue darle con creces al espectador lo que busca cuando visualiza una película de acción en una sala de cine: buenas dosis de entretenimiento y adrenalina. Seguro habrá secuelas.

4 de mayo de 2012

Martha Marcy May Marlene (2011), Sean Durkin

Qué es real y que es un sueño, qué forma parte de la cordura o de la locura. Cuál es nuestra verdadera identidad. La protagonista de Martha Marcy May Marlene se enfrenta a esta búsqueda, a la lucha que supone encontrarse a sí misma después de una experiencia traumática que la lleva a confundir la realidad.

Martha pasa a formar parte de una secta establecida en una granja, aislada de la sociedad que la rodea. Una comunidad dirigida por un líder manipulador que persuade a un puñado de jóvenes convenciéndoles de que allí pueden encontrar todo aquello que el sistema les arrebata. Pero no resulta tan fácil apropiarse de la personalidad de un ser humano. De hecho, la película se abre con la huida de Martha, que se refugia en la casa de su hermana y su cuñado.

Narrada mediante flashbacks finamente entrelazados, la trama avanza estableciendo un diálogo continuo entre los momentos que vive Martha en casa de su hermana y sus vivencias en la secta. Las imágenes nos engatusan y nos hipnotizan, nos hacen partícipes de ese estado de confusión que vive la protagonista. En ocasiones potencian una atmósfera perturbadora, de gran tensión psicológica. De tal manera que el film supera a otras aportaciones cinematográficas sobre el mundo de las sectas, como Holy smoke (Jane Campion, 1999). De la misma forma, el propio enigmático título de la película participa en crear este ambiente distorsionado, ya que se refiere a las múltiples personalidades de la protagonista. Martha es su nombre real, Marcy May el nombre con la que se le bautiza en la secta y Marlene el nombre que adoptan todas las mujeres de dicha comunidad cuando toman contacto con el exterior.

Martha Marcy May Marlene es una película sobria y austera, que no sobrecarga de información al espectador, al contrario, le ofrece menos de lo habitual. Durkin no está interesado en darnos una trama masticada, deja que las imágenes hablen por sí solas y utiliza un guión un tanto abierto, que deja que el espectador se implique y saque sus propias conclusiones.

27 de abril de 2012

Grupo 7 (2012), Alberto Rodríguez

En una semana más de estrenos insulsos en la cartelera de Tenerife, ausentes títulos de gran reconocimiento internacional como Take Shelter (Nichols), Esto no es una película (Panahi), Alps (Lanthimos) o Kiseki (Kore Eda), Grupo 7 se ha configurado como una de las opciones más atractivas de las salas de la isla. Y es que la quinta película de Alberto Rodríguez confirma el buen estado del cine policiaco español. Un género que ha alcanzado máximos de calidad en los últimos años con Celda 211 (Daniel Monzón, 2009) y No habrá paz para los malvados (Enrique Urbizu, 2011.

El Grupo 7 es una unidad policial antidroga creada para limpiar las calles de Sevilla en los cuatro años precedentes a la Expo 92. Cuatro agentes que persiguen a los traficantes y consumidores de droga del centro de una ciudad que se prepara para ser el centro de atención mundial. A través de su día a día, la película narra cómo este grupo policial participa en la transformación de la ciudad.
Si algo define a Grupo 7 es que es una que película que respira veracidad. Conseguir retratar la Sevilla de hace veinte años mostrando además gran número de exteriores no es tarea fácil. Detrás se encuentran un trabajo laborioso y la astucia de un buen equipo y su director. Los detalles de la puesta en escena, las escenas que van del costumbrismo a la crudeza absoluta, el lenguaje narrativo muy cercano, vívido y directo, que consigue que el espectador no pierda el interés en ningún momento, dan cuenta de ello. Como la forma cronológica en que se nos muestra la transformación urbanística de la ciudad utilizando un mismo tema de la banda sonora cada vez que aparece el año en el que nos encontramos, utilizando imágenes de archivo referentes a los trabajos de construcción. Todo enfatiza la impresión de documento, de hecho real. 
Más difícil si cabe en este juego de ficción y realidad es encuadrar las escenas de acción. Filmadas de forma vertiginosa, a su gran espectacularidad se contrapone un realismo pasmoso. No hay coreografía, las persecuciones y las escenas de violencia que no son un ejercicio de golpes espectaculares o movimientos imposibles, sino que tratan de acercarse a la simplicidad y vulnerabilidad del cuerpo humano. Y debe ser así, porque en el Grupo 7 no hay ningún héroe. No hay un agente perfecto, un guapo forzudo que se tome la ley por su mano porque él lo vale. Que reparta patadas de kung fu y maneje la pistola con una puntería milimetrada. Cada uno de los cuatro agentes protagonistas tiene trapos sucios, tanto en su vida personal como profesional. Todos tienen dos caras. Esto es porque según afirmaba el propio Alberto Rodríguez, al filmar la película no se fijaron en producciones espectaculares, sino en películas cercanas, como Ley 627 (B. Tavernier, 1992).
Y entre tanto tinglado, para que una película funcione es necesaria la aportación de buenos actores. En Grupo 7 todas las interpretaciones son destacables, sobre todo las de los dos protagonistas principales, Mario Casas y Antonio de la Torre. El primero notable, aunque todavía resulte difícil quitarle el cliché de actor de moda adolescente. El segundo, con una interpretación como siempre impecable, reafirmándose como uno de los dos o tres mejores actores de este país.
En definitiva, en este caso los que no creen en el cine español no podrán decir que esta película no es buena.

20 de abril de 2012

Declaración de guerra (2011), Valérie Donzelli

Si leemos la sinopsis de una película basada en hechos reales, que trata sobre las penurias de una pareja cuyo hijo de dieciocho meses tiene cáncer, lo primero que pensamos es que será un dramón. Un melodrama de lágrima fácil sobre la enfermedad infantil al estilo de El aceite de la vida (George Miller, 1992), quizás con el tono crítico de Camino (Javier Fesser, 2008) o la travesura de Planta cuarta (Antonio Mercero, 2003). Sin embargo, si algo define a Declaración de guerra es su originalidad y su ruptura con la forma convencional de entender los registros dramáticos del cine.
Ganadora del último Festival Internacional de Cine de Gijón, se trata de una película positiva, llena de optimismo, que evita por lo tanto los fastos dramáticos. Los pone sobre la mesa, pero inmediatamente los oxigena con toques de humor y otras constantes, como la banda sonora.
Declaración de guerra es la crónica de unos padres que vivieron una experiencia traumática a la que plantaron cara con fe y sin renunciar a la felicidad. La vivencia de una pareja interpretada por los protagonistas reales de la historia, Valérie Donzelli y Jérémie Elkaïm, que además asumen la dirección y el guión de la película. Por lo que no es extraño que percibamos esa complicidad en sus gestos y emociones. Más aún si tenemos en cuenta que no se trata de la primera película que protagonizan juntos.
Por otro lado, el hecho de enfocar de esa forma arriesgada una situación tan dramática (donde hay incluso alguna mueca al musical), puede que no sea del agrado de todos. Y lo cierto es que la propia dificultad que implica plasmar un drama tan potente utilizando recursos que aporten ligereza y frescura, evita que Donzelli consiga un film redondo. En ocasiones peca de sobrecargar de información al espectador, principalmente a través de las dos voces en off que utiliza. Éstas aportan una información un tanto gratuita y obvia desde el arranque que no termina de tener continuidad. Así como algunas escenas que pecan un tanto de ingenuidad o no quedan demasiado unidas al todo de la película (como la fiesta de los besos), quedando como pequeños retazos más cercanos a la estética del videoclip.
Aunque en arranque muestra detalles preciosistas y cierto tono narrativo tomado del cuento al estilo de Amélie (Jean-Pierre Jeunet, 2001), lo cierto es que la película toma referencia del cine de la Nouvelle Vague. A nivel visual y conceptual, tanto a nivel narrativo como en la puesta en escena. Incluso en algunos diálogos, en escenas que bien podrían estar interpretadas por Jean-Pierre Léaud en un film cualquiera de Godard o Truffaut. Momentos en los que los diálogos rozan el surrealismo con un humor fino que abstrae la escena de la situación dramática y ofrece un momento de respiro y de frescura a la trama. Y es que en nuestros tiempos, la sombra de aquel grupo de críticos y cineastas franceses que una vez cambiaron el concepto del cine sigue siendo alargada.

16 de abril de 2012

Tyrannosaur (Redención, 2011), Paddy Considine

El primer largometraje de Paddy Considine muestra el lado más oscuro de los seres humanos, sus miserias, sus errores. Se trata de una película filmada con la sobriedad, la denuncia y la reflexión propias de Ken Loach. Sin ir más lejos, la película trata sobre un viudo alcohólico y agresivo, sin aspiraciones, que conoce a una mujer que sufre maltratos. Temas comunes en su filmografía.
Tyrannosaur es una película dura, directa y sincera. Tanto que no tiene ningún problema en presentar a su protagonista como una persona detestable en el inicio de la película. Porque ésta se abre (y ahora vamos a desvelar los primeros cinco minutos de metraje) con un personaje interpretado por un soberbio Peter Mullan que se encuentra totalmente ebrio en un bar, donde protagoniza una violenta pelea. Después de golpear a varios hombres, sale del bar y recoge a su perro, al que por nada, mata a patadas.
Después de esto a uno se le revuelven las tripas y siente desprecio, pero es entonces cuando se produce el milagro. A pesar de todo, poco a poco el espectador se coloca del lado de un Peter Mullan que recuerda inevitablemente a la inolvidable Mi nombre es Joe (Ken Loach, 1998). Uno comprende hasta qué punto es capaz la vida de maltratar a una persona como para hacerla tan miserable. Porque Tyrannosaur cuenta la historia de dos personajes tan a la deriva (una excelente Olivia colman acompaña a Mullan), que te hace tocar fondo. A partir de ahí consigue que uno se apiade de los errores de los protagonistas, que se ponga en su pellejo y sienta como se revuelven las entrañas. Aunque no son más que seres humanos, personajes creados huyendo de los tipismos, tomados de un mundo que está ahí fuera y no siempre vemos.

13 de abril de 2012

[Rec]3: Génesis (2011), Paco Plaza

La celebración de una boda en un recinto enorme al que asisten centenares de invitados, representa un lugar inmejorable para los excesos. Los de todos los mortales y por qué no, de un grupo de infestados poseídos por el demonio, que corretean a sus anchas con hambre de carne humana. Un lugar en el que aflora una triste historia de amor. La de unos novios que se topan con una carnicería en el día que esperaban que fuera el mejor de sus vidas.

Esta es, sin ir más lejos, la premisa principal de la continuación de la saga [Rec], dirigida esta vez únicamente por Paco Plaza. Un cineasta curtido en el género de terror que ya codirigió con Jaume Balagueró las dos primeras entregas de la serie, y que ahora ha tratado de hacer una película que rompiera un tanto con sus antecesoras. La última entrega será [Rec]4: Apocalipsis, cuyas riendas tomará esta vez en solitario Balagueró.

Por primera vez en la saga, [Rec]3: Génesis abandona la cámara subjetiva como principal campo de visión del espectador. Sin embargo, este recurso sí aparece en inicio, tanto a través de las cámaras que graban el video de boda profesional, como las de los vídeos caseros. De hecho, la película se abre ni más ni menos que con el menú del DVD de la celebración. No obstante, tras una primera y sustanciosa muestra de la infección y un ya reconocible homenaje al inicio de la saga (“esto hay que grabarlo todo”), Plaza abandona la cámara subjetiva y pasa a la multiplicidad de planos, contando la historia desde fuera de la misma, como lo suele hacer el cine. Lo cuál contrarresta a ese efecto característico de “tele realidad”, de la imagen directo de las dos anteriores películas. El espectador no se mete en la piel de los personajes con la misma efectividad, pero sin embargo, al realizador valenciano le sirve para poder contar con mayor comodidad una historia que baraja distintos géneros. [Rec]3: Génesis contiene constantes dosis de humor negro que consiguen arrancar la carcajada (momentos en los que se satiriza sobre el canon, Sant Jordi y la tradición católica o “John Esponja”) pero sobretodo contiene las dosis necesarias para ser una historia de amor. Porque la trama gira completamente entorno a los novios, interpretados por Diego Martín y Leticia Dolera (esta última en una interpretación excelente). La película es la reacción de ambos a la infección y su demostración de amor de principio a fin.

[Rec]3: Génesis propone algo destacable, y es que no intenta engañar al espectador. Es lo que es, un ejercicio de entretenimiento para los amantes del terror con tintes cómicos y sangre a raudales. Para aquellos que hayan disfrutado con la etapa más divertida de G. A. Romero, del primer Peter Jackson o del tipo de película de zombis en la línea de Bienvenidos a Zombieland (Ruben Fleischer, 2009).

Nada que ver con la primera entrega, [Rec] (2007), película que ya representa un hito del cine de terror español y que es sin duda la mejor de las tres. Ritmo frenético, sustos potentes y un sarcasmo magistral con el que Balagueró y Plaza desgranaban a la comunidad de vecinos de una finca cualquiera del barrio del Eixample de Barcelona. Resquicios de los que aún queda algo en [Rec]3: Génesis, aunque ésta, es una película muy distinta.