2 de marzo de 2012

Polisse (2011), Maïwenn Le Besco

Polisse, tercera película de la realizadora Maïwenn Le Besco, era una de las películas francesas más prometedoras de 2011. Ya se había llevado el Premio del Jurado en Cannes, pero sin embargo, sólo consiguió llevarse dos premios (actriz revelación y montaje) de los 13 a los que optaba en la gala de los Premios César de la Academia francesa. Gala en la que como era de esperar, triunfó The Artist y la actriz española Carmen Maura se alzó con el premio a mejor actriz de reparto por Les femmes du 6e étage (Philippe Le Guay ,2011).

Basada en acontecimientos reales del cuerpo de policía parisino, Polisse trata de retratar el día a día de su Unidad de Protección de Menores. Aunque el verdadero protagonista del film es todo el grupo de policías, se distingue a dos personajes con mayores dotes protagonistas. Se trata del agente más carismático del grupo y una fotógrafa se encuentra haciendo un reportaje sobre los quehaceres de la unidad policial. La propia directora del film interpreta de forma metafórica a la fotógrafa, aunque de manera desafortunada. A raíz de la relación entre ambos y la entrada de un tercero en discordia, se crea un triángulo amoroso que termina siendo poco creíble y que genera algunos tópicos demasiado ingenuos.

Aunque el arranque de Polisse promete, lo cierto es que se queda solamente en un ejercicio de buenas intenciones. Porque mediante su estilo de filmación cercano al documental, cámara al hombro y con un guión que toma elementos de la realidad, uno se ilusiona pensando en que tal vez está ante una delicia como La clase (Laurent Cantet, 2008), o por temática más cercana si cabe, ante otra Un profeta (Jacques Audiard, 2009), dos de las mejores películas que ha dado el cine francés en la última década. Sin embargo, el resultado es más televisivo, en la línea de las series Canción triste de Hill Street o The Wire. De hecho, bien podría ser una nueva entrega de ésta última, siguiendo el hilo de su cuarta temporada, dedicada a los problemas de los menores. La forma en que Polisse trata los casos y cómo bucea en la vida personal de los personajes para mostrar de qué forma les afecta el trabajo en su vida privada, evoca a esta excelente serie de la HBO. La relación personal entre los agentes, sus reuniones en los bares como única vía de escape o su vida personal inestable y marcada por las separaciones amorosas, son otros ejemplos. Sin embargo, el listón de The Wire es demasiado alto.

El modo de filmarse, la tensión de los personajes, los movimientos orquestados que simulan el naturalismo de la cotidianeidad, son elementos que consiguen de todos modos que la película de Maïwenn encuentre momentos notables. Principalmente porque plantea preguntas para que el espectador las cuestione, destapando la realidad de un sector de población menor de edad que sufre violaciones, abusos, maltratos, etc. Sin embargo, peca de llevar demasiado al límite a sus personajes sin dar un respiro al espectador. Al igual que se mete en terreno pantanoso al optar por un único punto de vista, el policial. No se posiciona de forma directa en las vidas de las verdaderas víctimas, que no son otras que los niños. Aunque se nos muestre el horror que viven, éstos acaban siendo mero artefacto en la trama, el apoyo para los agentes protagonistas del film, posicionados como las verdaderas víctimas. Quienes de principio a fin, acaban siendo pasto de los desbarajustes emocionales que les produce su propia profesión. Como último apunte, mencionar el guiño favorable a la política anti-gitana de Sarkozy en una de las secuencias, defectos aparte, de las más conseguidas del film. Tal vez la mona está más vestida de seda de lo que parece.

24 de febrero de 2012

Shame (2011), Steve McQueen

Brandon es un adicto al sexo. Alguien enfermo que necesita saciar sus pulsiones sexuales a cualquier hora, en cualquier lugar. Lleva a una vida triste y mecanizada en la que únicamente es capaz de combinar, de forma casi tediosa, sexo y trabajo. Su hermana lo visita y se instala en su piso en busca de ayuda, del cariño necesario para huir de la depresión. Pero en lugar de encontrar sosiego el uno en el otro, siguen siendo dos personas que se acercan peligrosamente al abismo.

Una de las virtudes de Shame es que consigue focalizar con pasmosa facilidad un mal sufrido por la sociedad actual. Se centra en una de las facetas más desgarradoras de nuestro mundo consumista, la búsqueda de la satisfacción sin fin, de la consecución continua del deseo. Situación que llevada al límite es capaz de rebasar la propia condición de saciedad, desembocando en una situación de vacío, de existencia insustancial y aislamiento.

Otra virtud es que se trata de una película de esas que tiene sello, propias del cine de autor. El prometedor cineasta británico Steve McQueen ya consiguió hacerse con la Cámara de Oro de Un Certain Regard en el Festival de Cannes y el BAFTA a la mejor película con su ópera prima, el contundente drama carcelario Hunger (2008). Tres años después, Shame funciona como un auténtico panfleto cinematográfico, como una declaración de intenciones. McQueen revoluciona la puesta en escena, crea un entorno abstracto, un fondo casi neutro en el que se desarrolla una escena donde literalmente se retratan los cuerpos. Como él mismo dice, trata de descubrir el espacio tanteándolo a través de la cámara como si lo atravesara a oscuras. Utilizando el tacto, el olfato, el oído… y es entonces donde aparece el cuerpo, el desnudo y su pulsión. Por lo que no es extraño que obtenga un resultado estético que entraña mucho de la fotografía de Robert Mapplethorpe. Hay escenas del film en las que McQueen concibe el plano como un ente puramente artístico, donde pierde fuerza el fondo, la profundidad del cuadro, en beneficio de unos personajes que se mueven de manera coreográfica. A través de ellos la escena transcurre sin cortes y sin prisas, utilizando más los gestos que las palabras.

Expresada paradójicamente a través de la carencia de exteriores, mediante la soledad del metro y las oficinas situadas en rascacielos, en ocasiones la inmensidad de la ciudad de Nueva York parece absorber a los protagonistas. Se consolidan un asombroso Michael Fassbender (que se ha llevado ya unos cuantos premios por esta interpretación) y una excelente Carey Mulligan. Queda para el recuerdo la preciosa escena en la que Sissy (Mulligan) interpreta una triste versión de “New York, New York” en un local ante Brandon (Fassbender) y su jefe. El espectador puede sentir como a través de la canción hay más comunicación entre los dos protagonistas que mediante las conversaciones que tienen a lo largo de la película.

Fassbender consigue contrariar al espectador. Por un lado lo conmueve, sea por lástima o por sus muchos atractivos. Por otro, llega a ser sumamente desagradable, aunque no de la forma tan extrema como el personaje interpretado por Isabelle Huppert en La pianista (Michael Haneke, 2001). Porque en su condición de ser una especie de galán irresistible, este actor británico te arrastra con él hacia el abismo consiguiendo que llegues a sentir grima.

Permitiendo algún pequeño desliz y algún giro del guión que ya ha llevado a cierta polémica por posibles interpretaciones sexistas (exageradas), Shame es una película muy completa. Cruda, descarnada, controvertida y visualmente abrumadora. De lo mejor que ha llegado a nuestras pantallas en el último año.

18 de febrero de 2012

J. Edgar (2011), Clint Eastwood

Que la interpretación y el físico de los actores es el elemento principal del cine no es algo nuevo. Porque por muy buenos que sean los medios, si los actores no son creíbles, la película se desmorona. En J. Edgar las interpretaciones son excelentes, pero a pesar de todo, cuesta creerse físicamente a los protagonistas. Como se ha venido diciendo desde su estreno, el maquillaje no consigue transformar al completo a los personajes. Algo casi imposible, si tenemos en cuenta que los vemos envejecer cincuenta años.

Por lo demás, J. Edgar es otro producto marca de la casa. Lo último de Clint Eastwood, uno de los grandes monstruos cinematográficos de Hollywood. Dejando pues al margen la posibilidad de haber utilizado a otros actores para interpretar la vejez de los protagonistas, la película resume el carácter esencial del cine del director de Gran Torino (2008). Conserva su gusto por la narración precisa, por el carácter pictórico de los planos, el interés por adentrarse en momentos clave de la historia de su país. Porque el cine de Eastwood nos ha contado ni más ni menos que la historia del último siglo. Algunos de sus mejores títulos lo reflejan: Sin Perdón (la antesala del capitalismo); El Intercambio (la Gran Depresión); Cartas desde Iwo Jima (Segunda Guera Mundial); Cazador blanco, corazón negro (los cincuenta), Los puentes de Madison (los sesenta), Un mundo perfecto (los setenta); El sargento de hierro (los ochenta); Poder absoluto (los noventa) y Million Dollar Baby (el inicio del s. XXI).

En esta ocasión el cineasta norteamericano nos presenta un biopic sobre la vida de J. Edgar Hoover. Narrado hábilmente de forma no lineal, con un punto de vista claro y omnipresente, que no es otro que el del propio Hoover. El director del Federal Bureau of Investigation (FBI) toma la palabra para retratarse a sí mismo, para que veamos a través de sus memorias la clase de hombre que fue y cómo quería que se le recordara. Sin embargo, y sobre todo a medida que va avanzando la película, es Eastwood quien le toma el testigo al tirano, para mostrarnos su lado más humano, su faceta más desconocida. De tal manera que surge la contradicción pura, el contraste entre el ser idealizado y el hombre de a pie. Se desnuda al mito para mostrar su patetismo, las facetas más ocultas de su carácter, contrapuestas a su imagen pública.

J. Edgar Hoover dedicó su vida de forma fanática, a la persecución de la amenaza antiamericana. Protagonista de la caza de brujas, estuvo al frente del servicio de inteligencia americano durante 48 años. Actuando casi con total impunidad, tomando la ley por su mano cuando lo creía necesario. Anticomunista, racista y antisemita, Hoover sobrevivió al mandado de ocho presidentes (Coolidge, H. Hoover, Roosevelt, Truman, Eisenhower, Kennedy, Johnson y Nixon). Y es que algunos de ellos intentaron destituirle, y si no lo consiguieron, fue principalmente por miedo a que se descubrieran sus secretos. Porque Hoover tenía investigado incluso al más poderoso de ellos. Nunca se sabía que carta podía tener en la manga, por eso todos lo temían.

Aunque es excelente describiendo los acontecimientos políticos, Eastwood no vuelca en ellos mayor parte de su interés. Le interesa más el Hoover que, creyéndose superior a sus congéneres, sufría ansiedad y dificultad en el habla; el hombre que vivió con su madre durante casi toda su vida y no se atrevió a reconocer su homosexualidad. La película acaba siendo más que una trama política, una historia de amor contenida.

10 de febrero de 2012

Eva (2011), Kike Maíllo

Eva nos presenta una historia futurista y llena de suspense, que gira en torno a un triángulo amoroso. Una película de género arriesgada y diferente en una cinematografía española, donde es escaso el cine de ciencia ficción. De momento 12 nominaciones a los Goya la respaldan.

El film se sitúa en un paisaje gélido, asolado por la nieve. Un lugar donde, en el año 2041, el ser humano es capaz de crear robots a su imagen y semejanza. Para trasladarnos a este ambiente futurista, se entremezcla la reproducción de la estética de los años 70 con la utilización de unos efectos especiales notables. Los coches, los interiores o la forma de vestir de esa época conviven con la inteligencia artificial. Algo que aunque resulta un poco extraño al principio, acaba dando buen resultado.

El punto de partida de la trama es el retorno a la ciudad del protagonista del film, Álex (Daniel Brühl). Lo cual cierra un triángulo amoroso formado por su hermano (Alberto Ammann) y la mujer de éste (Marta Etura) en el que participa un factor externo: Eva. Álex vuelve a la ciudad donde se creció con el cometido de retomar una investigación sobre la robótica emocional aplicada a niños robots. Pero en el fondo esa es sólo la excusa, porque hay otros motivos que lo empujan a volver.

A través de unas localizaciones muy bien elegidas y una fotografía muy bien ejecutada, el espectador siente los sentimientos de nostalgia y tristeza que le producen al protagonista el entorno en el que de nuevo se encuentra. La labor de la producción artística es encomiable, porque el fondo de la escena transmite los sentimientos del protagonista tanto como su propia interpretación.

Con la primera secuencia de la película, Maíllo ya nos presenta ese angosto y duro paisaje. Nos muestra aquello que ni siquiera el ser humano es capaz de contener: la naturaleza. Y para ello utiliza uno de los más preciados recursos utilizados por el maestro del suspense, Alfred Hitchcock. Mediante un flash forward nos enseña en la secuencia inicial, el que será prácticamente el desenlace de la película. Una forma maravillosa de encarar la trama dejándonos ver, cuando aún no conocemos nada de la misma, cuál será su detonante.

No sería nada descabellado que Eva se llevara unos cuantos premios el próximo 19 de febrero. Aunque lo tenga difícil en candidaturas como mejor guión original, mejor dirección de fotografía, mejor actor principal o mejor actor de reparto, al menos los premios a los mejores efectos especiales y mejor director novel serían más que merecidos.

Drive (2011), Nicolas Winding Refn

Basada en la novela homónima de James Sallis, Drive significa la primera incursión en el cine norteamericano del danés Nicolas Winding Refn. Un cineasta que aunque ha realizado ocho películas, ha sido hasta el momento un desconocido en las pantallas de nuestro país.

Ryan Gosling encarna a un conductor especialista en películas de acción. Un personaje sin nombre, que siempre lleva una chaqueta con un escorpión bordado en la espalda. Un hombre que explota su pericia al volante conduciendo esporádicamente para ladrones. Alguien reservado, casi inexpresivo y con cierto aire nostálgico y decadente, que pronto se enamora de su vecina. Un hombre ambiguo, que deja correr la vida, cuyo destino parece estar escrito. Capaz de representar el más puro romanticismo y la más descarnada violencia. Algo que Ryan Gosling, uno de los chicos de moda de Hollywood este año (Crazy, stupid, love , de Ficarra y Requa y Los idus de mayo, de George Clooney), consigue transmitir a la perfección.

Drive es una película que te atrapa de principio a fin. Deudora del film de Walter Hill Driver (1978), las referencias al buen thriller de acción y al cine negro americano se mantienen durante toda la película. Con diálogos escuetos y una estética ochentera, sus imágenes estilizadas hablan por sí solas. Son la más pura expresión de la soledad y el deterioro de unos personajes que se mueven hacia un desenlace que parece inevitable, al que sin embargo permanecemos absolutamente enganchados. En algunos momentos, las escenas parecen arrastrarnos hacia la atmósfera desoladora de la pintura de Hopper.

Además, la película de Widing Refn ha sido una de las más gratas sorpresas del último Festival de Cannes, donde se llevó el premio a la mejor dirección. La maestría con la que está rodada desde la primera secuencia, da cuenta de ello. La presentación del personaje y la estética, la síntesis de lo que serán las persecuciones en el resto de la película, la entrada de la banda sonora, cómo los personajes van cayendo en las redes de la mafia...

En esta película el realizador danés es capaz de rodar las más brillantes escenas de persecución con una sobriedad absoluta y sin alardear de efectismos. Utilizando un realismo crudo y de lo más duro (sobre todo en algunas escenas de violencia explícita), es capaz sin embargo, de dejar algún que otro momento memorable al más puro romanticismo poético.

Aunque ha sido poco valorada en las nominaciones a los Oscar, en las que opta únicamente a mejor montaje de sonido, lo cierto es que Drive supone una de las mejores producciones de 2011, al menos en lo que al cine de género se refiere.

5 de febrero de 2012

El gato desaparece (2011), Carlos Sorín

El gato desaparece supone un cambio en la carrera del realizador argentino Carlos Sorín, que abandona la Patagonia y su peculiar manera de entender la ficción cinematográfica para rodar en Buenos Aires y hacer cine de género.

El director de Historias mínimas (2002) siempre ha tenido un estilo muy característico que le ha situado como uno de los principales cineastas del cine argentino actual. Desde La película del rey (1986) a Bombón, el perro (2004), la Patagonia y la carretera son en su cine un personaje más. El gusto por la anécdota o su forma de entender la ficción a través de algunos elementos del documental, son otras marcas de la casa. Porque suele trabajar con actores no profesionales, con esbozos de guión, rodando situaciones espontáneas, dejándose llevar por los acontecimientos del rodaje.

Sin embargo, con El gato desaparece apuesta por el cine de género, en concreto por el suspense. Y para ello, retoma algunos aspectos a los que ya se acercaba en sus dos anteriores películas. Para empezar, localiza la película en Buenos Aires. Tal y como ocurría en El camino de San Diego (2006), donde el protagonista emprende un casi patético y largo camino hacia la capital de Argentina en busca de su ídolo Diego Armando Maradona. Lo cual nos muestra además al personaje típico de Sorín: el perdedor. Y con él otro pilar del cine del argentino: siempre intenta mostrar la ambición y la alegría con la que enfrentan la vida aquellos que tienen muy poco.

El gato desaparece se abre de forma original e irónica, quiénes son los personajes y por qué se encuentran en esta situación. Esto es, que nos presenta aquello que debemos saber sobre el matrimonio protagonista, pero sin mostrárnoslo todavía físicamente. Luís ha sufrido un brote psicótico violento que le ha mantenido internado durante un tiempo. Su mujer Beatriz, celebra que pueda al fin volver a casa siguiendo un tratamiento temporal. Sin embargo, no puede evitar pensar en la posibilidad de que vuelva a ocurrir algo parecido.

Con ese punto de partida, Sorín articula un thriller que transcurre principalmente en un mismo espacio cerrado, donde la puesta en escena juega un rol fundamental (como ya sucedía en La ventana, 2008). Y donde consigue mantener en todo momento el suspense, alargando algunas escenas hasta el momento exacto, dotando de la pausa necesaria las acciones de sus personajes.

Aunque El gato desaparece suponga un giro en la carrera del realizador argentino, lo cierto es que continúa filmando con la misma sobriedad. Sus personajes son en el fondo los de siempre. Sencillos, naturales, espontáneos. Porque Sorín continúa mostrando una de sus mayores virtudes, contar mucho con muy poco.

27 de enero de 2012

Los descendientes (2011), Alexander Payne

Los descendientes narra la historia de una familia que queda destrozada por el grave accidente de la madre, que queda en coma. Ante tan dramática situación, su marido Matt (George Clooney) debe salir adelante con sus dos hijas, con las que no está habituado a lidiar. Además, se topa con otros problemas no menos complicados. Es el administrador de un extenso terreno del que son copropietarios sus primos, quienes lo presionan a venderlo.

En un Hawai totalmente desmitificado, donde existe una especulación urbanística voraz, Matt debe volver a tomar las riendas de su vida. Porque en el paraíso del surf no todo es diversión y turismo.

El realizador norteamericano Alexander Payne se interesa de nuevo por la temática que recorre toda su filmografía: el ser humano y las vicisitudes a las que éste debe enfrentarse. En sus películas no hay héroes, la gente se equivoca, empieza de nuevo, afronta con mayor o menor éxito sus miedos. Sus personajes no son otra cosa que personas de carne y hueso. Y en ocasiones, incluso caricaturas de sí mismos.

Así ocurría con los protagonistas de Election (1999), notable sátira realizada al más puro estilo del Wes Anderson de La Academia Rushmore (1998) o Los Tenenbaums (2001). Aunque los problemas con los que se topan los protagonistas de Los descendientes y cómo los enfrentan, muestran un trasfondo más serio. En la línea de los que sufren Warren Schmidt en A propósito de Schmidt (2002) o Miles y Jack en Entre copas (2004). Sus personajes siempre se encuentran ante la posibilidad de equivocarse, y de hecho suelen hacerlo. Sufren hasta que consiguen enderezar su camino.

A simple vista puede interpretarse Los descendientes como un drama en mayúsculas, pero en el fondo lucha por no serlo. Y es que la forma en que Payne enfrenta sentimientos opuestos para evadir el dramatismo es excelente. Para ello, sus actores lo respaldan. Sobre todo un convincente George Clooney, que se llevó hace apenas unos días el galardón al mejor actor de drama en los Globos de Oro.

El realizador norteamericano contrapone momentos en que afloraría el llanto, con pequeños chispazos de humor e incluso de absurdo. Porque uno se encuentra ante el drama como ante la vida misma, en la que sin saber por qué, en momentos tan duros se es capaz de sonreír por la más absurda tontería, se esté en la habitación de un hospital o en un tanatorio.

No obstante, la película, que cuenta con cinco nominaciones a los Oscar, también tiene puntos flacos. Payne ha sido galardonado por sus guiones anteriores, pero en Los descendientes el resultado no es tan bueno. Aunque sigue el manual a rajatabla, abusa de los tópicos y algunos giros resultan pesados. Hay momentos del metraje que se acercan peligrosamente al telefilm, tanto que en ocasiones el espectador no sabe si está en el cine o en un sofá a las cuatro de la tarde. Aunque por suerte no llega a rebasar esa frontera, después de la primera media hora de metraje, la evolución de la trama se ve venir.

En conjunto, Los descendientes es una película destacable, pero desde luego, que se haya hecho con el galardón a la mejor película de drama en los Globos de Oro es exagerado y sólo puede indicar dos cosas: o que el jurado ha tenido poco criterio o que la calidad del cine mainstream de este año es baja.