14 de diciembre de 2012

De óxido y hueso (2012), Jacques Audiard

Jacques Audiard es uno de esos cineastas que provoca en el espectador el convencimiento de que va a ver la película acertada. Fiel a sus principios, su filmografía emana una coherencia formal y estilística claramente palpable. Aunque no renuncia a los matices, como demuestra en su última película De óxido y hueso.

El director de De latir mi corazón se ha parado y Lee mis labios obtuvo su mayor reconocimiento con una de las mejores películas del cine francés de la última década, Un profeta. Estrenada en Francia a penas unos meses antes de cuando lo hacía su homóloga Celda 211 (Daniel Monzón, 2009) en España, este drama carcelario acaparó todos los premios importantes de la Academia francesa y fue reconocida en los festivales de todo el mundo. Con una sobriedad abrumadora, conseguía reinventar el género potenciando sus propios valores clásicos.

No es extraño entonces que Óxido y hueso levantara una gran expectación en el último Festival de Cannes. Tanto que en algunos sectores de la crítica poco conformistas casi causó decepción por esperar que alcanzase el listón de Un profeta. De ninguna manera se puede esperar que un cineasta haga siempre la misma película y De óxido y hueso no desmerece su cine en absoluto aunque bien es cierto que en el tramo final aminore un tanto el paso. Los premios a la mejor dirección, guión y actor principal en la pasada edición de la Seminci dan buena cuenta de ello.

Siempre titulando de forma tan original sus películas, Audiard trata de sumergirse en De óxido y hueso en una relación amorosa que huye de los tópicos. Una historia de amor diferente entre dos personas que sufren un fuerte revés de la vida. Una domadora de orcas que sufre un accidente y un exboxeador que a duras penas se hace cargo de su hijo de cinco años y combina trabajos de vigilante de seguridad. Aunque la película parezca adoptar un cierto aire de romance, vuelve a los lugares comunes en la filmografía del cineasta francés. Por ejemplo, en la angustia y la redención de los cuerpos de sus personajes. Porque los personajes de Audiard siempre se encuentran en lucha. En la dureza de una violencia nada efectista o recreativa, sino tan cruda e impactante como si fuera real.  
Si las dificultades del joven Malik en Un profeta se veían reflejadas en los golpes que recibía su cuerpo en prisión, ahora es Alí (Matthias Schoenaerds) quien los recibe en las peleas clandestinas. Como lo hace psicológicamente el cuerpo mutilado de Stéphanie (Marion Cotillard) día tras día. Ambos personajes se conocen y tratan de darse afecto en una situación llena de dolor y con muy pocos diálogos consiguen hacer que todo sea natural y creíble. Porque de esa excepcional actriz de belleza exultante que es Marion Cotillard uno se podría creer cualquier cosa. No importa si se la representa en su belleza o en su fealdad, es capaz de transmitir todo lo que se propone.