13 de julio de 2012

La delicadeza (2011), David y Stèphane Foenkinos


Nathalie y François se conocieron en un café de París de una forma de lo más espontánea y mágica. Desde entonces, decidieron compartir sus vidas y fueron felices.

Así se abre La delizadeza y por unos minutos todo es demasiado perfecto. Demasiado platónico, demasiado poético. Hasta que la burbuja se rompe de la forma más trágica. Y entonces comienza verdaderamente la película que intenta de alguna manera, romper un tanto la norma, aunque ni mucho menos aporte nada nuevo. La delicadeza sigue de alguna manera el enfoque de cierto cine francés que se ha venido realizando en los últimos años. Se niega a seguir los cánones del melodrama, a hacer de una situación trágica, un martirio. Aborda la trama intercalando escenas de humor comedido y situaciones que desembocan ante todo en momentos de verdadero optimismo. Siguiendo una línea cercana a la reciente Declaración de guerra, de Valérie Donzelli, con la que comparte además el importante protagonismo de la banda sonora. Los distintos temas musicales de La delicadeza acompañan en todo momento a sus protagonistas enfatizando cada uno de sus gestos, de sus estados anímicos, de sus pasos. Lo cuál no es sino uno de los elementos que la acerca a los tipismos de ese cierto cine francés del que hablamos. Puesto que por otro lado, se producen algunos momentos que rozan la ingenuidad y la cursilería, a única falta de introducir alguna escena musical. 

Quizá como seña inevitable de alguien dedicado anteriormente a las letras como David Foenkinos (que aquí adapta su propia novela) en algún que otro instante el diálogo se vuelve redundante e innecesario con respecto a lo que reproduce el lenguaje visual. Por suerte, su película también sabe responder con chispazos de buen cine. Algo de lo que son principalmente responsables sus intérpretes. Audrey Tautou (Nathalie) responde con la capacidad que era de esperar y se echa la película a sus espaldas interpretando a un personaje cuyos rasgos le son familiares. Su carácter impulsivo, su aparente fragilidad e inocencia, su positividad, etc. Alguien que encuentra el contrapunto perfecto (o complemento, según se mire) en la figura de François Damiens, que encarna notablemente al desdichado y excéntrico Markus.

En definitiva, el amor es imperfecto y así lo exponen David y Stèphane Foenkinos. Puede ser de verdad muy raro, como también desafortunado o imprevisible. Pero  lo importante, y sobre todo, lo más difícil, es saber interpretarlo.

1 comentario:

babel dijo...

Fui a verla hace unos días, y la verdad, flojita flojita. Eso sí, las interpretaciones están más que bien. Y dulzona, lo es.

Saludos ;)